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lunes, 23 de diciembre de 2013

Preguntas a uno mismo

El latido del corazón rompe su ritmo habitual. Los párpados, inmóviles y abiertos, dejan de ejercer su función natural. Y el sudor empieza a recorrer los dedos de unas manos tensas, contraídas, agarrotadas, rígidas. En un patio de butacas abarrotado, repleto de miradas expectantes, transcurren dos horas y media de deliciosa tensión, de fascinante angustia, de sensaciones controvertidas. 153 minutos de rostros tirantes, de ojos nerviosos. Porque, absorto, el público contempla Prisioneros (2013), la última película estrenada en España del director Denis Villeneuve. Una cinta protagonizada por el polifacético Hugh Jackman. Una obra que acelera tu respiración. Que te paraliza. Que te estruja las entrañas. Que te retuerce el estómago. Un largometraje sobre el desconsuelo, sobre el tormento, sobre la aflicción, sobre la desesperación. 


Dos niñas desaparecidas. Unos padres destrozados. Un secuestrador desconocido. Y un personaje capaz de romper con su ética -y corromper la de los demás- para lograr recuperar a su hija. Jackman, ese torturado progenitor, tritura tu conciencia. Él rompe las reglas. Viola la moral. Y traspasa los límites aceptables de una sociedad democrática, de una clase aburguesada. Pero lo hace con el beneplácito del espectador, que lo comprende, que comparte su capacidad para pelear por su pequeña. Cueste lo que cueste. Haciendo lo que haga falta. 

Prisioneros es una película de preguntas. “¿Sería yo capaz de torturar incesantemente a un presunto culpable si creyera que ha podido raptar a mi hijo? Las respuesta me desasosiega en caso afirmativo y en caso negativo”, expone el crítico Carlos Boyero, del periódico El País. Villeneuve compone un thriller oscuro, elegante, perturbador. “Son más de dos horas de nudo en la garganta, de dejarse las uñas agarrando el reposabrazos, de revolverse en la butaca en la que estás atrapado, removido, inquieto. Preguntándote qué harías, qué dejarías hacer, hasta dónde llegarías”, añade Irene Crespo, de la revista Cinemanía.

Y Jackman inunda la pantalla con una actuación soberbia, con esa sorprendente capacidad para transmitir verdad. Con una interpretación que dista años luz de sus papeles como superhéroe, el actor conduce al espectador a la reflexión. ¿Dónde acaba y empieza la justicia? ¿Quién puede ejercerla? ¿Puede perdonarse a una víctima que termina convirtiéndose en verdugo? “Representa a un animal capaz de cubrirse de maldad y odio con tal de proteger a los suyos, y lo hace más allá de los límites racionales. Es ahí donde crece la figura, gigantesca de por sí, de Hugh Jackman (claro favorito al Oscar), que se maneja mejor en los límites desfasados de la furia y la ira irreprimible”, subraya José Manuel Cuéllar en Hoy Cinema.


Pero, inevitablemente, para alcanzar esa tensión, el protagonista se apoya en un pulido guión de ritmo constante. Un libreto repleto de giros, de imprevistos, de recovecos y escondrijos. El espectador anda por este camino empujado por un reparto encomiable. Jake Gyllenhaal, que se convirtió en un icono con Donnie Darko (2001), interpreta al agente encargado de investigar la desaparición de las niñas. Un hombre complicado, atormentado, de aparente pasado oscuro. Un policía del que no sabemos nada y que acompaña a Jackman en su asombrosa búsqueda de la redención. “Dicen que el diablo está en los detalles y me gustó mucho hacer ese ejercicio de imaginarme de dónde salía este hombre”, explica Gyllenhaal de su personaje.

Frente a él irrumpe Paul Dano, el primer sospechoso del secuestro. Solitario. Extraño. Deficiente intelectual. Escondido tras una mirada esquiva y huidiza. El chaval, que centra la sospechas del protagonista, compone una de las escenas más aterradoras del filme. Unos minutos en los que el agua resuena en un cubículo minúsculo, en una habitación donde la inocencia se cuestiona. La oscuridad se adueña del momento. Un rayo de luz se cuela por un diminuto agujero. Solo observamos un ojo, una mirada. Solo escuchamos un siseo. Solo percibimos dolor. Y dudamos sobre si compadecernos ante tanta crueldad o aprobarla.

Entonces es cuando la saliva desaparece de la boca . La lengua recorre los dientes secos. Los cuerpos del público se acurrucan y empequeñecen en sus sillones. Se escucha un “No, no, no”. También un “Por favor, ya no aguanto más”. Hay quien cierra los ojos superado por el pavor a un terrorífico desenlace; plegado a ese posible final que haga realidad sus miedos, sus temores, sus peores pesadillas. Y nos preguntamos si nosotros mismos recurriríamos al salvajismo para recuperar aquello que más preciamos. Y nos cuestionamos si esa crueldad forma parte de nuestra esencia.

Artículo publicado en la revista Nuestro Ambiente (Montilla)

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jueves, 7 de noviembre de 2013

Los dos pasos de Carmina

Rubia, despeinada, entrada en carnes y de 58 años: a ella, se le puede creer o no. Con el rímel corrido, el medallón de su fe colgado al cuello y tres arrugas en la frente: de ella, se puede aceptar (o no) su razonamiento, su barriobajerismo, su orgulloso egoísmo o su miedo a la tentación y a la verdad. De ojeras profundas, blusa de leopardo -recuerdo de otras décadas- y un primer cigarro fumado a los siete años: con ella, puedes reír (o no).


Pero a ella hay que escucharla. A Carmina Barrios. Carmina a secas en Carmina o revienta (2012), la primera película de Paco León, la opera prima de El Luisma de Aída. Un film arriesgado, lanzado simultáneamente en las salas, internet y DVD. Una cinta que sumó en los seis primeros meses más de 279.000 espectadores y logró una recaudación de 664.000 euros. Y eso que se topó con la arcaica industria del cine, esa que se resiste a adaptarse a la nueva era. Porque el director y actor sevillano solo consiguió que su obra se viera en 19 salas de toda España. Solo cubrió el 30% de las provincias del país. “Yo no he querido desafiar a nadie, solo he querido que mi película la pudiese ver la mayor gente posible”, contó él mismo en El Mundo. “Yo sé que hay mucha gente que consume cine pirata que ha pagado por ver mi película. Es que cuanto más se acerque un modelo de distribución a la piratería -cine gratis y ya-, mejor irá”, añadió en una entrevista en Cinemanía.

Así que, visto el éxito, Carmina Barrios tendrá voz de nuevo. Aunque suene rasgada por el tabaco y el alcohol. Paco León empieza este otoño el rodaje de Carmina y Amén, la segunda parte de una película irreverente, llena de palabrotas; que arranca en una cocina de Sevilla con esa cincuentona sentada en una mesa cubierta por un mantel de plástico, y con el microondas y la lavadora al fondo. “Ahora la historia tiene un tono más berlanguiano, con todos los respetos para el gran Berlanga, con una gran mezcla de géneros. Es una comedia mucho más oscura y negra”, relata el actor de Aída, que ya compuso en su primera parte un personaje descarado, cínico, insolente y sinvergüenza. “No me gustaría que me enterrasen tendida. Me gustaría que me enterrasen sentada. En un sillón. ¿Por qué tengo que ir yo en una caja?”, se pregunta Carmina en un momento de la opera prima de León.

La primera Carmina o revienta suena a barrio, a litrona,  a parque de albero y bancos con yonkis. Huele a paredes desconchadas, a viejos sentados en verano ante las puertas de sus casas, a grafitis con faltas de ortografía. Sabe a bocata de salchichón, a papel de liar, a chándales parcheados en las rodillas. Y es que Carmina o revienta compone un esperpento delicioso, un raro soneto sobre la decadencia y la supervivencia. “Reconozco que el campo magnético de esa castiza, guapa, histriónica, lista, cínica, destroyer, graciosa, excesiva, deslenguada, astuta, surrealista, ferozmente terrenal, tragicómica, desgarrada, brutal, manipuladora señora llamada Carmina puede enganchar o dejar estupefacto a un variado género de público”, apunta el crítico Carlos Boyero.

Este proyecto le valió a Paco León la nominación a los Goya de 2013 como mejor director novel. “Todo por un retrato de mi madre, básicamente, que sale de historias que conocía y quería contarlas”, señala el actor hispalense. Este perfila una tragicomedia amarga, adornada de risas y con el regusto agrio del fracaso. El director habla de las sonrisas fingidas, de las penas ahogadas en alcohol, de los sueños inalcanzables. Y también habla de la esperanza, de la humildad, de las pequeñas cosas. “¿Tú sabes una cosa, Marifé? La vida es tan bonita... que parece de verdad”, concluye Paco Casaus en una escena de la película.

Rodada en once días, la opera prima de León ejerce como un soplo de aire fresco en un cine español previsible y repetitivo, poco acostumbrado a la innovación y riesgo. El film da el primer paso de un camino desconocido, que no se sabe a dónde conduce; pero que, al menos, ya se ha emprendido. “Sendero de mi esperanza. Hay días que no lo encuentro. ¡Ay! Sendero de mi esperanza”, canta María León en la cinta, en honor de José Mercé.

jueves, 7 de abril de 2011

'Enfermedad', de Carlos Boyero

"Hablo con algunos enfermos [de cáncer], animosos o desfallecidos, y les pregunto si existe algo que les sirva de entretenimiento a su postración. Alguien que fue siempre cinéfilo y lector voraz, pero que antes de que el cáncer se ensañara con él me contaba que había perdido la costumbre o la necesidad de ir al cine (solo veía películas en su casa), también el amado ritual de leer el periódico de papel en el desayuno, reemplazó esos libros que siempre subrayaba por tener todos los que le interesaban agrupados en una máquina aséptica llamada e-book. No se desprendía jamás del ordenador y del iPhone y todo en el iPad le parecía fascinante, se había adaptado con celeridad y pasión, sin inútil nostalgia, a la maravillosa tecnología del nuevo mundo. No ha vuelto a recurrir a ella desde que comenzó la batalla contra el depredador. Sin embargo, a veces encendía la televisión creyendo que eso le ayudaría a mantener el cerebro en blanco. Desistió. La generalizada y chillona basura le dejaba aún más exhausto, crispaba su abatido organismo. Prefiere cerrar los ojos, mirar el vacío, dejarse arrullar por los sonidos del silencio. Con el aliento del monstruo en el cogote."

Extracto de Enfermedad, de Carlos Boyero (El País)