
El estadounidense enseña a la sala de butacas lo que por entonces parecía prohibido. Los perniciosos efectos de los disparos se muestran al impaciente espectador; quien se embulle sin quererlo en el frenético, apresurado, exaltado y colérico pase de los fotogramas. Tarantino, en dicha obra, sabe conjugar a la perfección los matices del suspense, del ruido de las balas, del horror de la muerte, del encasquillamiento de los percutores, de la música ochentera, de los enormes coches americanos, del goteo de las heridas y del sabor del café servido en restaurantes de carretera de la USA más profunda. Es lo que tiene Quentin. Y es que, al fin y al cabo, Reservoir Dogs supuso el comienzo de un nuevo estilo, imitado después hasta la saciedad por numerosos cineastas (quienes, por supuesto, no consiguieron dar con la combinación adecuada de violencia y belleza audiovisual).

Y a finales del segundo milenio de nuestra era y al principio del tercero, llegaron a las salas de proyecciones Jackie Brown (1997) y Kill Bill (2003-2004). Dos películas diferentes, casi antagónicas. En la primera, Quentin recalca su labor como guionista, elaborando una majestuosa historia de triquiñuelas. Por el contrario, en las dos entregas de Kill Bill, Tarantino se obsesiona con las espadas samuráis y los trajes ajustados, enfilando al espectador hacia un mundo apocalíptico repleto de artes marciales, desiertos del lejano Oeste y escopetas recortadas.
Paralelamente, la estética, que tanto papel juega en la filmografía del cineasta, apenas se dejó entrever en la correcta (y este calificativo implica ya una importante sobrevaloración) Death Proof (2007). Aunque con su último trabajo, con Malditos Bastardos (2009), Quentin recupera parte de la esencia que lo encumbró como director. El americano perfila en esta cinta a una serie de protagonistas irreverentes, chulescos, irónicos y charlatanes. Encabezados por Brad Pitt, una bandada de soldados estadounidenses se infiltra en la Francia de Vichy con un único objetivo: matar nazis. Frente a ellos, un oficial de las SS que roza lo sublime. Tarantino aúna en este personaje todas las excelencias de su obra y lo dota de una endeble moralidad, una lengua afilada y una capacidad de deducción endiablada. Es cierto que este film dista demasiado de sus grandes películas; pero el militar nazi es, quizás, uno de los mayores éxitos escritos por Quentin.
Paralelamente, la estética, que tanto papel juega en la filmografía del cineasta, apenas se dejó entrever en la correcta (y este calificativo implica ya una importante sobrevaloración) Death Proof (2007). Aunque con su último trabajo, con Malditos Bastardos (2009), Quentin recupera parte de la esencia que lo encumbró como director. El americano perfila en esta cinta a una serie de protagonistas irreverentes, chulescos, irónicos y charlatanes. Encabezados por Brad Pitt, una bandada de soldados estadounidenses se infiltra en la Francia de Vichy con un único objetivo: matar nazis. Frente a ellos, un oficial de las SS que roza lo sublime. Tarantino aúna en este personaje todas las excelencias de su obra y lo dota de una endeble moralidad, una lengua afilada y una capacidad de deducción endiablada. Es cierto que este film dista demasiado de sus grandes películas; pero el militar nazi es, quizás, uno de los mayores éxitos escritos por Quentin.
Publicado en la revista Nuestro Ambiente
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